Reproduzco en este entorno el artículo escrito para la revista del Observatorio de la Dirección General de Políticas de Juventud del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que amablemente me invitaron a escribir. Desde aquí mi sincero agradecimiento.
Cada mañana nos inundan noticias de todo tipo sobre la “fiebre” de las redes sociales por todo el mundo incluso ofreciéndonos un enfoque frívolo del fenómeno. Sabemos que el todopoderoso Facebook ha superado los 500 millones de usuarios globales con más de 10 millones de perfiles tanto en Argentina como en España. Pero ¿qué significa realmente eso? Muchas veces, sobre todo los profesionales de la comunicación, nos centramos en la manera de aprovechar los social media como vehículo de nuestros mensajes corporativos, en cómo este prodigio puede ayudar a las empresas a construir su imagen y ¿por qué no decirlo? a obtener mayores beneficios. En este artículo, que amablemente me han invitado a escribir, me gustaría huir de los típicos comentarios sobre sistemas de monitorización de la reputación online y demás “sesudas reflexiones”. Me centraré en lo que verdaderamente me parece fascinante de todo lo que estamos viviendo: la creación de la mayor estructura para compartir información que ha tenido el ser humano en toda su historia.
Cada vez que analizamos estudios sobre las motivaciones de los usuarios de redes sociales nos encontramos que la primordial es muy simple: compartir nuestras inquietudes, nuestras ideas y pensamientos y todo aquello que considerándolo interesante queremos difundir. Al fin y al cabo no es más que el comportamiento básico del hombre desde que es hombre pero multiplicado por unas herramientas tecnológicas, por otra parte bastante sencillas. Y son aquellos más jóvenes, los que con la naturalidad que poseen al haber nacido ya inmersos en este entorno tecnológico, han adoptado esa forma de comunicarse de forma masiva, sin prejuicios de ningún tipo y con el descaro que siempre debe caracterizarles
Aunque resulte una afirmación contundente, estamos ante lo más parecido al concepto que de sociedad daba uno de los fundadores de la sociología, Émile Durkheim, cuando la definía como el recurso único del pensamiento lógico humano. Las posibilidades que nos ofrece la hiperconexión de millones de personas hacen que sienta una agradable sensación de vértigo.
Estamos presenciando como el usuario de la llamada “web 2.0” ha pasado de ser un ente pasivo que recibía mensajes de terceros a convertirse también, a su vez, en emisor o repetidor de contenidos propios y ajenos. Este simple hecho está haciendo tambalear modelos de negocio que llevaban un siglo sólidamente afirmados, discográficas, industria audiovisual, medios de comunicación de masas, modelos publicitarios, etc. Ahora, sobre todo nuestras nuevas generaciones, no solamente piensan y opinan en su entorno más cercano, sino que universalizan esa opinión y puede verse magnificada sin control por parte de los poderes interesados en controlar ese flujo de información. ¿Lava más blanco el famoso detergente del spot de la televisión? Fácilmente podremos encontrar un vídeo de un aficionado en Youtube que lo desmiente, o alguien que pone en evidencia el servicio de atención al cliente de una empresa, antes todopoderosa, usando Twitter, o incluso podemos crear un movimiento ciudadano contra una decisión política que consideremos injusta. Tenemos en nuestras manos un medio para cambiar muchas cosas y eso, a muchos otros, les hace difícil conciliar el sueño viendo como se han cambiado las reglas del juego. Ahora más que nunca está vigente la importancia de la transparencia en la comunicación, si no que se lo digan a empresas como Nestlé, Toyota o BP y sus particulares vía crucis en las redes sociales.
El Internet social ha provocado un cambio de paradigmas. Esta frase es una de las más manidas por los expertos en social media. ¿Qué es un cambio de paradigmas? Un paradigma es un patrón de pensamiento, una forma establecida de ver las cosas. Y eso es lo que ahora ponemos en tela de juicio.
Ante todo esto estamos siendo testigos de ataques al concepto de neutralidad de la red, de leyes restrictivas de carácter miope, o simplemente, a afirmaciones que intentan desprestigiar la labor de internautas o bloggers ridiculizando su capacidad para ofrecer información veraz. Mucho podríamos hablar del concepto “tradicional” de información veraz… pero eso es otra historia. Simplemente se trata de reacciones desesperadas ante el paulatino desmoronamiento de lo conocido y controlado, de los “paradigmas”. Las barreras legislativas pretenden frenar lo que no tiene freno, debemos adaptarnos a los cambios y aprovecharlos como elementos de mejora continua o morir en el proceso. El caso más claro podrían ser las descargas musicales en la Red. La empresa debe entender que su modelo casi no ha cambiado desde el disco de pizarra de los años 20 hasta el CD de los 90 del siglo XX. Ese modelo ha muerto, lo quieran ellos o no. Si así lo desean podemos seguir manteniéndolo en coma con respiración asistida o bien podemos avanzar con los tiempos y dar a nuestro consumidor lo que lleva años pidiendo. En comunicación online repetimos mucho una frase: “Escuchar la Red”.
Pero claro, es que Internet es peligroso, perdemos nuestra privacidad y estamos sujetos a ataques de misteriosos personajes sin escrúpulos que se amparan en un más que supuesto anonimato absoluto. ¿Es eso cierto? Claro que sí, tanto como en la vida real de cada día y nadie habla de ello. Internet no es otro mundo, es un canal más de “nuestro” mundo y por lo tanto es tan bueno o tan malo como el uso que hagamos las personas de él. La solución está en la correcta formación e información del manejo de la Red; en el uso del sentido común y en la supervisión constructiva de los padres a los menores. ¿Dejaría usted a su hijo menor de edad hablar con un adulto extraño en un bar a las 5 de la mañana? ¿Entonces por qué le deja hacerlo en Internet?. Si no colgamos una foto nuestra en traje de baño, o rodeado de latas de cerveza en una fiesta, en la ventana de nuestra casa para que la gente en la calle se detenga a observarlas ¿Por qué lo hacemos en las redes sociales? Pero siempre es más mediático difundir malas noticias sobre Internet que entender el fenómeno y hablar de todas las cosas buenas que pone a nuestro alcance, eso parece no ser noticia.
¿Dónde vamos a parar en este torbellino sin fin? Facebook se entroniza mientras el fenómeno del microblogging y Twitter crecen. Al mismo tiempo, viejos líderes como MySpace o Hi5 van anunciando su decadencia. Damos cosas por sentadas cuando la evolución de Internet es demasiado rápida y sin terminar de consolidarse vuelve a reinventarse. Lo que está claro es que son ya más de 1800 millones de personas las que navegan por la Red, casi 140 de habla hispana, y cuatro mil seiscientos millones los usuarios de telefonía móvil (650 de ellos usan terminales 3G y 165 smartphones). Y todos ellos pueden intercambiar información cada día sobre cualquier tema que les interese libremente, aún en países que ven atemorizados el avance de esta democratización brutal de la información.
En mi país, España, el 77% de los internautas son usuarios de redes sociales. El 59% en Facebook tienen menos de 35 años y el 67% en Twitter también. Si analizamos la franja entre 16 y 34 años, el aumento de uso de redes sociales ha sido del 508% en un año y entre 25 y 34 años del 361,3%. Son datos espectaculares que ratifican la afinidad entre gente joven y redes sociales. ¿Alguien puede dudar del poder de este fenómeno social en constante crecimiento?
Desde este espacio me gustaría invitar a la juventud a compartir universalmente sus ideas y sus inquietudes, sus pensamientos y sus quejas, a ampliar su visión de este mundo nuestro. Mundo que debe cambiar pero que debemos ser cada uno de nosotros los que pongamos los cimientos de ese cambio. Parafraseando a Mafalda, el famoso personaje de Quino: “Hay que cambiar el mundo antes de que el mundo nos cambie a nosotros”.